Con
trece horas de diferencia escribo desde Xi’an, China, el extremo oriental de la
ruta de la seda, ruta comercial que unía por tierra oriente con occidente y que
ahora despierta en mi la misma admiración despertó en Marco Polo hace ya muchos
siglos. Lo que hasta ahora había leído no se acerca a la variedad de
sensaciones, olores y sonidos que este país me ha regalado. Con todo esto, lo
que gana mi atención es el comportamiento de la gente. Su facilidad para dar
sin pedir nada a cambio, para construir, ese espíritu de servicio me lo llevo
para siempre, para emularlo, para contagiarlo. Su agilidad y disposición hace
sentir que los ángeles existen y que están aquí, en la tierra, para aparecer
cuando menos lo espero. Rodeada de paisajes espectaculares me siento en otro
planeta, pero no me olvido de México y del orgullo que sentí esta semana de ser
mexicana. Mi alma llena se debe al papel
primordial que jugo la delegación de nuestro país en la Conferencia Diplomática
convocada por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) en la
ciudad de Beijing. Después de más 10 años de negociaciones, fue posible la
celebración de un Tratado Internacional
para armonizar los derechos de los actores. Que países como la India y Estados Unidos (con una gran producción
cinematográfica), o Brasil y los de la Unión Europea (con ideologías políticas
y económicas tan distintas), por citar algunos ejemplos, lleguen a un acuerdo, no
es tarea fácil. El delegado de México fue quien tuvo la iniciativa y propuso el
texto que se discutía, pero que además participó como mediador y presidió la
comisión encargada de acordar el texto definitivo, con una postura flexible y
siempre invitando al dialogo, logró lo que hasta hace poco parecía imposible. Fue
aplaudido y reconocido por personas de todo el mundo. Al terminar, en la cena
de celebración, le pregunté sin tapujos cuál era el secreto de su éxito. Su
respuesta: Nada especial, amo lo que hago Diana Alondra, amo lo que hago.

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