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| *Imagen de Carlos Orduna Barrera |
Por
fin es jueves, la cita es en el barrio de Chueca, el menú tacos de carnitas, de
cochinita pibil y al pastor. Al llegar
entre latinos nos saludamos con un solo beso (en España se dan dos) este gesto
sin palabras es un esfuerzo por mantener nuestras costumbres, pero se convierte
en una señal fraternal. Todos sabemos
que no es fácil estar tan lejos de nuestra tierra, nadie comenta nada, solo sonríen y se ayudan a
dejar de pensar un poco, se regalan la posibilidad de perder juntos el tiempo.
Mientras Paola (Monterrey N.L) enseña a Raquele (Italia) a bailar salsa y Mariso
(Grecia) y Esther (España) hacen berrinche porque al comer tacos se les cae
todo, se acerca a la mesa Jacob (EUA) con un plato enorme de nachos que piensa
comerse sólo, explica al resto del grupo los ingredientes del platillo Tex-Mex
con orgullo de conocerlo de toda la vida. Todos quieren a México y así pese a que pueden ir a cualquier sitio nos vemos cada
jueves en el mismo lugar. Aquí, tan lejos de nuestro país, los mexicanos tenemos
la posibilidad de ver por un tiempo todas esas cosas que países desarrollados
tienen y de las que debemos aprender, pero además, entendemos las maravillas
que nuestro país puede dar y ensañarle al mundo. Aquí, a miles de kilómetros de
nuestra tierra, no nos importa el partido político al que pertenezcan nuestros
compatriotas, su condición social, su color o sus preferencias, aquí solo somos
mexicanos, más mexicanos que nunca.

