martes, 24 de abril de 2012

MÁS MEXICANOS QUE NUNCA

*Imagen de Carlos Orduna Barrera
Por fin es jueves, la cita es en el barrio de Chueca, el menú tacos de carnitas, de cochinita pibil  y al pastor. Al llegar entre latinos nos saludamos con un solo beso (en España se dan dos) este gesto sin palabras es un esfuerzo por mantener nuestras costumbres, pero se convierte en una señal fraternal.  Todos sabemos que no es fácil estar tan lejos de nuestra tierra,  nadie comenta nada, solo sonríen y se ayudan a dejar de pensar un poco, se regalan la posibilidad de perder juntos el tiempo. Mientras Paola (Monterrey N.L) enseña a Raquele (Italia) a bailar salsa y Mariso (Grecia) y Esther (España) hacen berrinche porque al comer tacos se les cae todo, se acerca a la mesa Jacob (EUA) con un plato enorme de nachos que piensa comerse sólo, explica al resto del grupo los ingredientes del platillo Tex-Mex con orgullo de conocerlo de toda la vida. Todos quieren a México y así pese a que  pueden ir a cualquier sitio nos vemos cada jueves en el mismo lugar. Aquí, tan lejos de nuestro país, los mexicanos tenemos la posibilidad de ver por un tiempo todas esas cosas que países desarrollados tienen y de las que debemos aprender, pero además, entendemos las maravillas que nuestro país puede dar y ensañarle al mundo. Aquí, a miles de kilómetros de nuestra tierra, no nos importa el partido político al que pertenezcan nuestros compatriotas, su condición social, su color o sus preferencias, aquí solo somos mexicanos, más mexicanos que nunca.

domingo, 8 de abril de 2012

SEVILLANAS ¡OLÉ!


Tras 7 meses de vivir en Madrid nunca me sentí tan orgullosa de nuestras raíces españolas. Andalucía con sus atardeceres rosas y morados me regalaron esta posibilidad. Pecho afuera y frente en alto, que la pasión y el coraje también se heredan.

Así, como de la nada apareció ante mi, sin buscarlo, sin siquiera haberlo contemplado, en el lugar menos indicado, como si el antiquísimo edificio se moviera y se postrara delante exigiendo nuestra atención y haciendo lo que le da la gana con nuestros planes.

En el interior se escucha el canto flamenco. Las sillas acomodadas de dos en dos junto a pequeñas mesitas viendo todas hacía un escenario. Mientras dejo que la música hable por si misma contemplo el maravilloso patio techado con lonas blancas.   Seis columnas de mármol unidas con espléndida madera tallada.

Entonces, empieza la magia.  Un hombre de cabello largo y rizado, vestido con traje negro entra en escena robando un aplauso del público.  Baila, sigue el ritmo de la música pero al dejarse llevar él se vuelve la música misma. Taconeo parecido al de los jarochos, pero con más fuerza, con muchos giros y moviendo magistralmente los brazos de arriba abajo, de abajo a arriba. Cambia de ritmo, se mueve, se alegra y sigue, sigue, parece que no se cansa o que saca fuerza quien sabe de dónde. 

Después de entregarlo todo, sus chinos ya cubiertos de sudor se pegan, él los desafía y gira, gira. Se toca el pecho con una mano y luego con la otra, una pierna y luego la otra, como para decir aquí estoy y todo el mundo aplaude.  Yo también aplaudo aunque todavía no se muy bien por qué, me decido a poner más atención y me doy cuenta de que pese a que el bailarín se mueve por todo el escenario al ritmo de las guitarras flamencas, su música siempre es la misma, la cambia cuando la melodía se lo indica, pero solo entonces, los giros no le hacen perder el ritmo, ni siquiera lo alteran . Baila, baila, parece que no se cansa y la gente le grita: ¡Olé! ¡Olé!

Ella es una mujer bellísima vestida de azul.  Parece haber nacido dentro de esos zapatos y vestido de holanes, empieza la melodía con ella sentada en una silla, la espalda tan erguida que parece que se inclina un poco hacia atrás. Entonces sonríe con su encanto de mujer madura, el cabello negro que enmarca su rostro, delicadamente sujetado con un prendedor de brillantes, le da un aire de mujer de campo, pero sus movimientos tan delicados no la ubican en otro sitio que no sea el escenario. Entonces con maestría abre el abanico azul, sonríe y me regala una de las más hermosas veladas. Vuelve a hacer música con los pies, alargando los brazos y moviendo los dedos con dulzura, elegante, segura, sensual… sevillana.