(Albert Camus)
“Si, sigo teniendo vergüenza, he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. Ahora la busco, intentando comprenderlos a todos y no ser enemigo mortal de nadie. Sé únicamente que hay que hacer todo lo que sea necesario para no ser un apestado y que sólo esto puede hacernos esperar la paz o una buena muerte a falta de ello. Eso es lo único que puede aliviar a los hombres, y sino salvarlos, hacerles el menor mal posible y a veces incluso un poco de bien.”
Pocos libros me han marcado tanto como La Peste, una historia que plasma lo que acontece en la ciudad de Orán después de haber sido invadida por una plaga mortal. La magia de este libro está en que lo narrado no es sólo una historia inventada, sino que es algo que pasa en cualquier ciudad del mundo, en esta y todas las épocas. La forma en que reaccionamos a la crisis económica, la guerra, al terrorismo o el narcotráfico no es muy lejana a la forma en que los ciudadanos de Orán reaccionan ante la peste. En el camino los hombres se dividen en tres categorías, los asesinos, las víctimas y los médicos. Con una extraordinaria narrativa, Albet Camus nos regala la oportunidad de reflexionar sobre el amor, la voluntad, la amistad, la integridad, la muerte y la vida misma. Vale la pena por lo que se lee, pero además por lo que se piensa mientras se lee, mensajes que quedan reservados para aquellos que están dispuestos a despertar y a ver lo que a simple vista no se ve. Un libro en que el final es lo que menos importa, que nos lleva una y otra vez a hacernos la misma pregunta ¿En dónde esta la peste, en la bacteria o en la sociedad misma? Un homenaje a todos aquellos “hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos”
