De niña, soñaba con ser doctora. Creía que sanar el dolor físico y salvar vidas era la mejor forma de darle sentido a la existencia. Con el tiempo, descubrí que había un dolor más profundo que el físico: el dolor del alma. Decidí estudiar derecho, convencida de que luchar contra la injusticia era otra manera de salvar vidas. Pero, tras ayudar a muchas personas a obtener justicia, me di cuenta de que los triunfos legales no sanaban sus heridas. A pesar de ganar en los tribunales, mis clientes seguían cargando con su enojo y frustración. Mi carrera profesional florecía, pero yo me sentía vacía. A pesar de estar rodeada de personas, la soledad me invadía, y todo parecía perder sentido.
Entonces, como por accidente, llegué a mi primer entrenamiento de potencial humano, y más tarde a mi primer retiro de silencio, en donde conocí la meditación contemplativa. El amor, la esperanza, la plenitud y una renovada sensación de propósito llegaron a mi vida.
Trabajé con mis creencias limitantes y con mis miedos como si mi vida dependiera de ello, logré mis más grandes sueños y al hacerlo comprendí que el verdadero sentido de la vida no está en los resultados obtenidos, sino en cómo vivimos y sentimos cada momento.
Más tarde me certifique como coach, pues comprendí que había una forma aún más hermosa de salvar al mundo. Fue al dar conferencias cuando me di cuenta de que yo no estaba salvando a nadie, hablar de lo que había aprendido era como si le recordara a las personas algo que ya sabían, solo estaba siendo una testigo de su transformación
En México, cuando creamos una piñata, lo hacemos pegando un papel sobre otro para crear una figura. Imaginemos que estas capas son nuestras creencias y la figura final es nuestra personalidad. El trabajo de un coach es romper esa piñata con preguntas, para que las personas descubran quiénes son en realidad. El coach requiere desaparecer, ignorar sus propias creencias para escuchar sin juicios y abrirse a sentir al otro; eso le permite creer en su coachee más de lo que él mismo cree. Requiere ver solamente con los ojos, sino percibir a su coachee con todo el cuerpo, mirar sus gestos corporales, escuchar las palabras observando el contexto, esto es, escucha lo que dice, pero también lo que no dice, y siente la energía de su coachee, pues a veces las personas están enojadas y no lo saben, o tristes y no lo saben. Por eso el coach requiere conectar, hacerse uno con su coachee para sentir por él esas emociones y apoyarlo a trabajar con ellas.
Cuando me certifiqué como coach recibí muchas críticas. Me decían que teniendo una licenciatura, dos maestrías y un doctorado en curso, debía enfocarme en mi profesión.
Nunca podría dejar de ser abogada, me gusta mucho lo que hago, lo cierto es en lugar de la lucha y el conflicto, prefiero la aceptación a los demás, la escucha y la solución de conflictos desde el amor y la comprensión de que no hay ni buenos ni malos, no hay enemigos, no hay contrapartes, ni víctimas, ni victimarios. Todos somos parte de algo más grande, algo que no podemos ver y que tal vez nunca logremos a comprender del todo. Dentro de nosotros hay un diamante, el mismo diamante.
Entonces ¿Qué soy? ¿Coach o abogada?
De alguna manera hemos entendido que debemos elegir, pero no tengo que renunciar a nada, puedo ser abogada, empresaria, coach, funcionaria pública o lo que sea que me proponga…puedo ser todo!!!
Como Barbie dice:
Puedes ser lo que tú quieras ser.

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