Como
patriota de hueso colorado, de esas mexicanas de tequila, mariachi y papel picado,
pienso poco en la posibilidad de perder identidad a cambio de multiculturalidad, pero no dejo de reconocer que vivimos en un mundo en que las fronteras son cada vez
menos fronteras y que la competencia laboral no esta sólo en nuestro país, sino
también afuera. Y es
que si bien nuestros niños piden regalos a Santa Claus, escuchan música en
inglés y se visten de calabaza en Hallowen, en el fondo no nos interesa mucho lo
que pasa fuera de nuestro territorio. Algo muy distinto sucede en ciudades como Nueva York, Madrid o París, en que viven personas de tantos países que el tema del nacionalismo se ve reducido a los rasgos físicos o a la forma de hablar. Pero no sólo es en lugares cosmopolitas donde el origen no importa, la facilidad para viajar y la necesidad de emigrar provocan que nazca una nueva generación por muchos conocida como "ciudadanos del
mundo". Son jóvenes que, o bien van
de un país a otro para estudiar o trabajar, o que víctimas de la emigración crecen amando dos culturas, la suya y la de sus padres. Todos ellos adquieren una invaluable capacidad de adaptación, aprenden, observan y valoran las
diferencias entre países, incrementan su creatividad, hablan distintos idiomas, adquieren una visión global y cada día aprenden más del mundo emulando resultados e
imprimiendo su sello propio. Eso mismo
debe pasar con los mexicanos que viven en otros países. Lo cierto es que muchos de nuestros compatriotas ya no vuelven. Es triste, pero estando fuera se dan cuenta de que es más cómodo y menos inseguro, además de que saben que regresar significaría volver a empezar... y eso no es fácil. Es una pena, pues la capacidad adquirida en otros países traída al nuestro nos haría crecer como nación y elevaría nuestra competitividad, por eso creo que es de vital importancia que los mexicanos que estamos en México construyamos un ambiente que los inspire a volver, para aprovechar lo que han aprendido afuera. Además es importantísimo interesarnos por lo que
pasa del otro lado de nuestras fronteras, porque no es necesario viajar por el
mundo para saber lo que sucede, para aprender de los errores y de los aciertos de los demás. Porque hay mucho que hacer en nuestra
tierra, sólo necesitamos encontrar el enfoque. Valorar el mar de oportunidades,
la calidez de nuestra gente, el ánimo de lucha, el espíritu de supervivencia. No solo es un sentimiento patriótico, es
también la sensación de que en México se puede crecer y de que los mexicanos
somos tan capaces como los nacionales de cualquier otro país del mundo. Porque no
hay un ellos y un nosotros, al final todos somos lo mismo.
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