Tras
7 meses de vivir en Madrid nunca me sentí tan orgullosa de nuestras raíces
españolas. Andalucía con sus atardeceres rosas y morados me regalaron esta
posibilidad. Pecho afuera y frente en alto, que la pasión y el coraje también
se heredan.
Así,
como de la nada apareció ante mi, sin buscarlo, sin siquiera haberlo contemplado,
en el lugar menos indicado, como si el antiquísimo edificio se moviera y se
postrara delante exigiendo nuestra atención y haciendo lo que le da la gana con
nuestros planes.
En
el interior se escucha el canto flamenco. Las sillas acomodadas de dos en dos
junto a pequeñas mesitas viendo todas hacía un escenario. Mientras dejo que la
música hable por si misma contemplo el maravilloso patio techado con lonas blancas. Seis columnas de mármol unidas con
espléndida madera tallada.
Entonces,
empieza la magia. Un hombre de cabello
largo y rizado, vestido con traje negro entra en escena robando un aplauso del
público. Baila, sigue el ritmo de la
música pero al dejarse llevar él se vuelve la música misma. Taconeo parecido al
de los jarochos, pero con más fuerza, con muchos giros y moviendo
magistralmente los brazos de arriba abajo, de abajo a arriba. Cambia de ritmo,
se mueve, se alegra y sigue, sigue, parece que no se cansa o que saca fuerza
quien sabe de dónde.
Después
de entregarlo todo, sus chinos ya cubiertos de sudor se pegan, él los desafía y
gira, gira. Se toca el pecho con una mano y luego con la otra, una pierna y
luego la otra, como para decir aquí estoy y todo el mundo aplaude. Yo también aplaudo aunque todavía no se muy
bien por qué, me decido a poner más atención y me doy cuenta de que pese a que
el bailarín se mueve por todo el escenario al ritmo de las guitarras flamencas,
su música siempre es la misma, la cambia cuando la melodía se lo indica, pero
solo entonces, los giros no le hacen perder el ritmo, ni siquiera lo alteran . Baila,
baila, parece que no se cansa y la gente le grita: ¡Olé! ¡Olé!
Ella
es una mujer bellísima vestida de azul.
Parece haber nacido dentro de esos zapatos y vestido de holanes, empieza
la melodía con ella sentada en una silla, la espalda tan erguida que parece que
se inclina un poco hacia atrás. Entonces sonríe con su encanto de mujer madura,
el cabello negro que enmarca su rostro, delicadamente sujetado con un prendedor
de brillantes, le da un aire de mujer de campo, pero sus movimientos tan
delicados no la ubican en otro sitio que no sea el escenario. Entonces con maestría
abre el abanico azul, sonríe y me regala una de las más hermosas veladas.
Vuelve a hacer música con los pies, alargando los brazos y moviendo los dedos
con dulzura, elegante, segura, sensual… sevillana.

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