Durante
toda mi vida quise conocer el mundo, me emocionaba la idea de viajar y
encontrar otras culturas, espacios inverosímiles, lenguas inentendibles,
paisaje paradisiacos. Pero más que eso,
admiraba a las personas que lo habían hecho, hice lo que pude para relacionarme
con ellas. Me gustaba su seguridad, su
forma de ir por la vida. Creía que el
hecho de conocer otros países les daba esa forma de plantarse en el mundo. Hoy entiendo que no. Esa seguridad no la da el hecho de conocer
culturas distintas a la tuya, es precisamente lo contrario. Estando fuera de México aprendo a conocer mi
cultura y a valorar su riqueza. Desde la
comida producto de procesos artesanales, hasta la pasión y coraje de su
gente. El modo de adaptarnos al cambio,
la resistencia de nuestro carácter. En definitiva mi país tiene mucho que dar,
mucho por aprender y mucho que enseñar.
Me encanta vivir en Europa, su cultura y tradición me muestran parte de
mis raíces, pero en definitiva creo que el futuro sigue proyectándose en América,
la posibilidad de empezar de la nada y de brillar por tus diferencias, de no
sentirte obligado a parecerte a alguien para encajar en una sociedad, de ser
individuos, de ser libres. La invitación
es a no esperar a carecer de las riquezas de nuestra cultura para valorarlas,
la invitación es a sentirnos orgullosos de lo que tenemos y a luchar por lo que
no tenemos, la invitación es a darnos cuenta del valor de nuestra esencia, pues gracias a nuestras diferencias somos
libres.

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