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| Corazones curiosamente encontrados en alguna mina de la Ruta de Cuarzo, Chile. |
Doy un sorbo al café de la mañana de domingo, tengo puesta
la ropa deportiva pero no me animo a salir a correr. Entonces me atrapa de
nueva cuenta la idea que en los últimos días me tiene algo consternada.
Sinceramente admiro a las personas que se casan con quienes
dicen, es el amor de su vida. Estuve haciendo cuentas y en mis 31 años he
conocido 7 veces al amor de mi vida. Si, de verdad, ya se que la tercera no es
la vencida, ni la cuarta, ni la quinta, ni la sexta, ni la séptima…
He visto en aquellos ojos los ojos de mis hijos y he abierto
mi corazón de manera tal que pareciera que había un mundo antes y otro después de
tener la fortuna de pasar tiempo con “él”. He mirado las estrellas y la luna
con esa seguridad de que existen única y exclusivamente para que nosotros dos
podamos mirarlas. He visto en mi mente a esos especímenes masculinos llenos de
arrugas, ya bien viejitos acompañándome al mercado y peleando por cualquier
tontería.
Luego, algo pasa y antes de que nos demos cuenta la historia
acaba. Pasan unos meses, vuelvo a leer
poemas y la historia mágicamente vuelve a comenzar.
En fin, esto no es la exposición de una serie de historias
inconclusas, sino la historia misma, mi historia. (Una forma de acercarme al intríngulis del
amor, ja tenía ganas de usar la palabra “intríngulis”) Que de alguna manera es
la misma historia de muchas personas, hombres y mujeres que en una constante
búsqueda, tal vez dejaron de creer en el amor. Sin embargo, si que hay algo en que creer, en nuestra capacidad de amar, que
si el amor dura mucho o poco, que mas da. Lo importante es no perder la capacidad de recomenzar.
Como dice mi amada Gabriela Mistral, no
dejar de creer nunca en nuestro corazón, siempre vertido pero nunca vaciado.
Ahora si, a correr y a publicarlo en Facebook, que si no, no
cuenta el entrenamiento.

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